Puedo escribir los versos más tristes esta noche… No, no… eso ya lo escribieron antes. Además, no sé casi nada de poesía, así que no voy a escribir versos, y ni siquiera sé si las líneas siguientes le parecerán tristes a alguien (lo más probable es que parezcan patéticas, pero al final es cuestión de gustos). Para terminar, tampoco es de noche. Entonces, creo que mejor será cambiar de introducción.
Ya deben haber notado que estuve muy alejado de la Internet por un tiempo, hacia finales de año (antes que nada, agradezco la ayuda de los administradores durante este tiempo y les pido disculpas por el abandono de mi pequeña tribuna del corazón). El hecho es que decidí aceptar la invitación de unos amigos para ir a la casa de playa de uno de ellos a pasar la temporada de fiestas y algunos días más, lo cual se extendió hasta llegar a casi tres semanas de aislamiento total de la gran ciudad. Bueno, en el caso de mis amigos, tienen la plata suficiente para darse esas vacaciones ocasionales. En mi caso, suelo estar “misio” la mayor parte del tiempo, así que me daba igual estar misio aquí o allá. Contra lo que esperaba, ocurrieron algunos hechos dignos de ser relatados en este sufrido diario, y ahora que he decidido escribirlos, me parecen parte de una comedia surrealista o algo así como “el especial del humor” en la vida afectiva de un otaku subdesarrollado.
Sea como sea, he tratado de reproducir lo más fielmente posible los diálogos y las situaciones, aunque quizás haya alguno que otro detalle que se me haya pasado, pues hace varios días que ocurrieron. Advierto que los nombres están cambiados para evitar dar pistas de los protagonistas reales. No es que crea que ellos van a leer este espacio, pero me parece mejor proceder así.
Nos fuimos de Lima el 25 de diciembre por la mañana con rumbo al sur chico, sin un plazo fijo para volver. Éramos un total de seis (amigos de la universidad), así que en dos carros bastó para acomodar nuestras cosas e iniciar nuestra caravana para celebrar el nuevo año. Desde hace mucho que esa clase de celebraciones no tiene mucho sentido para mí, pero se trataba de buenos amigos de mi época de estudiante (a dos de ellos no los veía hacía varios meses), y a los buenos amigos se les perdona todo, incluso el que te quieran hacer cambiar.
Ya era avanzada la tarde cuando llegamos a instalarnos, y luego de dejar nuestras cosas salimos a dar una vuelta antes de que oscureciera. Digamos que tampoco había mucho que mirar, pero un cambio de aires nunca viene mal, así que nos fuimos a sentar en la placita de armas y pasamos la nochecita al aire libre, comiendo anticuchos y picarones, y conversando entre chela y chela. Ya tarde, nos fuimos a la jato a descansar. Aunque había televisores instalados en cada cuarto (nos acomodamos dos por habitación), casi nadie la prendió. Sólo el dueño de casa prendió la suya porque quería ver un poco de noticias, pero la apagó al poco rato. En líneas generales, todos queríamos escapar de la rutina en la gran ciudad y preferimos no tener mayor contacto con lo que pasaba, más allá de chequear las primeras planas de los diarios en los quioscos del lugar.
Al día siguiente, viernes, nos levantamos tarde a desayunar. Renzo había sido el único precavido en llevar despertador, pero al parecer alguien lo saboteó, o se quedaron tan troncos que ni lo escucharon, o lo escucharon y lo apagaron antes de terminar de despertarse. Queríamos levantarnos temprano para probar suerte con la pesca en el muelle. Aunque el plan era ir a las cinco o seis de la mañana, nuestro amigo Pepo dijo “qué chucha, qué son tres o cuatro horas para unos peces de mierda que no tienen reloj”. Así que luego de celebrarle la ocurrencia, desayunamos y fuimos un rato a la playa.
Todavía no había mucha gente en el muelle, así que fuimos donde la tía que vende los sedales y luego a buscar un poco de carnada. Para algunos era una experiencia nueva, y pagamos derecho de piso: yo tuve que comprar otro sedal porque el primero lo tiré mal y se enredó en los cimientos del muelle. Jorge pescó varias veces, pero sólo conchitas y tonterías así, igual que yo. Pepo, que se las daba de no ser novato, sacó sólo un pedazo de ala de una gaviota muerta, y luego un cangrejo mediano que se agarró del anzuelo con la pinza, pero dijo que le daba pena y que no comía cangrejos, así que lo tiró al agua. Tato, el dueño de casa, sólo fue a mirar y a estar con la mancha, pero entre los otros dos, Renzo y Eduardo, sacaron algunos pescaditos, como para un plato pequeño de seviche. Estuvimos unas tres horas allí, y aprendí que la pesca como deporte exige mucha paciencia (supongo que sería una terapia muy relajante). De todos modos, ya estábamos preparados para ir a almorzar a uno de los restaurantes de la zona.
Mientras buscábamos restaurante, Tato habló por celular con un conocido suyo, que acababa de llegar con un grupo de amigos y amigas a los bungalows que estaban al otro lado del lugar, no lejos de su casa. A los pocos minutos, llegó el otro grupo, nos presentamos, y entramos a un restaurante del malecón, donde juntamos tres mesas porque ya éramos once. Tato invitó al grupo de su amigo para el día siguiente, sábado, pues íbamos a hacer parrillada.
El sábado, compramos algunas cosas para dejar todo listo para la parrillada de la noche. Desde Lima ya habíamos llevado los utensilios, además de equipo de sonido y música. Los amigos de Tato llegaron primero, y nos pusimos a cocinar la parrilla por turnos. Cuando me había sentado en un sofá con un par de palitos de anticuchos, llegaron las chicas. Una de ellas me buscó conversación.
- Hola… ¡Ay, disculpa, olvidé tu nombre!
- Hitori. No te preocupes, yo tampoco recuerdo bien los nombres… ¿Carmen? ¿Clara? ¿Claudia?
- Clara. Claudia era la amiga que estaba a mi lado.
- ¿Has venido con ella?
- Sí, vinimos las cuatro juntas.
- ¿Cuatro? ¿No eran tres?
- Ah, es que Jimena, la enamorada de mi hermano Rodrigo, llegó hoy por la mañana.
- ¿Así que van a despedir el año hasta las últimas consecuencias?
- ¡Sí! [...] ¿Por qué esa cara?
- Nada, sólo fantaseaba un poco con esas consecuencias.
- Ja, ja… Al menos tú lo dices directamente.
- ¿Y eso por qué?
- Porque eso es en lo que todos los hombres piensan, pues.
- Bueno, pero si las mujeres tienen eso en cuenta, es porque es también en lo que todas ellas piensan, ¿cierto?
- Ah, qué vivo. Puede que sea así, pero nos ocurre más en respuesta a los hombres.
- Sea como sea, mientras tengas eso en claro y no hagas lo que realmente no quieras hacer, no tienes por qué hacer bilis.
- Pero yo no hago bilis por eso.
- Bien por ti. Pero me pareció detectar algo de resentimiento en eso. ¿Alguna decepción anterior?
- No precisamente. Oye…
- ¿Sí?
- Tú no has tenido muchas chicas, ¿no?
- No. Muy pocas, a decir verdad. ¿Por qué lo dices?
- ¡Porque eres raro, pues!
- ¿Tan raro te parezco?
- No tanto, pero te noto diferente. Ayer en el restaurante eras el más callado, aunque se te veía animado las pocas veces que conversabas.
- Es que no me gusta hablar mucho cuando como. Me lleno de aire.
- Ja, ja… Pero ya ves, el que un joven de tu edad no haya tenido muchas chicas es algo raro.
- Yo te diría que no es tan raro. En el mundo se ve de todo.
- Parece no importarte mucho, ¿no?
- ¿El mundo?
- No, el no tener muchas relaciones.
- Claro que no. Yo tomo las cosas como vengan. Pero entre una relación y otra siempre me he tomado un buen tiempo.
- ¿Por qué?
- Porque al margen de los buenos recuerdos, quisiera que mi siguiente pareja fuera diferente de la anterior, para no repetir los mismos errores. No quisiera empecinarme con un solo tipo de chica, aunque haya características que me gusten.
- Oye, qué exigente. Así me sorprende que hayas tenido enamorada.
- No creas, para cada roto hay un descosido, como dicen.
- ¿Pero fuiste feliz con ellas?
- Claro que sí. No todo el tiempo, pero prefiero pensar que los buenos momentos fueron por nuestras voluntades, y los malos por las circunstancias que nos alejaron.
- ¿Cuántas? ¿Una, dos?
- Cuatro.
- Guau, superaste mis expectativas.
- Tampoco es mucho para 26 años.
- ¿26? Vaya, te creía menor, digamos 20 o 22. Tienes cara de bebe, ah.
- Je, je… Ya me han dicho eso. ¿Y tú? ¿19? ¿20? ¿21?
- 21. Tienes buen ojo.
- Cuando hay buen material que mirar, sí.
- Ja, ja… Qué fregado. Pero me gustó el piropo.
- Como no los recibo, sólo me queda darlos. ¿Y tú? ¿A cuántos has dejado con el corazón roto?
- Ja, ja… Creo que a ninguno, no sé. Creo que la única herida he sido yo… No quiero hablar de eso, disculpa.
- No, disculpa tú. Debí darme cuenta antes, cuando me cambiaste de tema.
- Normal, no te preocupes.
- Bueno, entonces habla de lo que quieras, que yo te escucho mientras como mi anticucho.
- Me haces reír mucho. Pero ya me diste hambre. Voy a buscar algo por ahí. ¿Te traigo una bebida?
- Claro, gracias.
- Vuelvo en un momento.
Terminé de comer unos instantes después, y entonces se apareció Renzo, que quería que lo acompañara un rato a una cabina. Me olvidé de Clara en ese momento, y como Renzo dijo que sería “al toque”, salí con él. Pero entre una cosa y otra, nos demoramos como una hora y media. Cuando regresamos, Clara ya no estaba. Al parecer, a Jimena le había caído mal el almuerzo, y con la cerveza fría se puso peor, así que Rodrigo y Clara se fueron a llevarla a descansar al bungalow. Pero no fue la última vez que vi a Clara.
January 19th, 2009 by Hitori Kokoro | 14 comentarios »