Buscar o no buscar, he ahí el dilema

En alguno de mis comentarios anteriores dije que mi opción ante la búsqueda de pareja es dejar que las cosas pasen, que lleguen por sí solas, no forzarlas más allá del natural devenir de las circunstancias. Algunos de los lectores de este espacio lo entienden, otros no, y otros me recomiendan más bien salir al encuentro de lo que venga en la vida. Para ser justos, no se puede avalar o descalificar por completo ningún punto de vista relacionado con temas sentimentales. La búsqueda de pareja es algo realmente misterioso, y muchas veces las cosas ocurren sin que seamos completamente conscientes de ellas.

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November 17th, 2009 by Hitori Kokoro | 3 comentarios »

Estúpido amor

No se puede decir que haya una manera “correcta” de enamorarse y conseguir pareja. El enamoramiento no puede ser “correcto” o “incorrecto”, “bueno” o “malo”. Sencillamente, existe. Existe como parte de nuestro propio cerebro, como algo que nuestro propio ser adquiere por el mero hecho de vivir. Es imposible entonces luchar contra las fuerzas de la naturaleza. Lo “correcto”, “incorrecto”, “bueno” o “malo” no son los sentimientos de amor en sí, sino las acciones que ellos nos motiven. Hace unos meses, mientras navegaba por la red, leí que estudios recientes sobre el cerebro humano indicaban que se han identificado en la corteza cerebral tres zonas directamente relacionadas con el enamoramiento, el sexo y la búsqueda de una pareja de largo plazo. O sea, son tres cosas distintas, y me pregunto si nuestro propio ser no nos ha querido decir hace mucho tiempo que no tenemos que matarnos buscando a una sola persona para esas tres necesidades. Más aún, leí que el enamoramiento implicaba automáticamente la inhibición de las zonas del cerebro relacionadas con el juicio y la razón.

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November 1st, 2009 by Hitori Kokoro | 13 comentarios »

Sur chico, gran fin de año (y 3)

Clara se veía realmente dolida al hablar de esas cosas. No recuerdo bien qué dije para tratar de confortarla un poco, pero sí recuerdo haber tenido mucho tacto y haber usado un tono de voz muy sosegado. Bajó la cabeza y buscó mi hombro con su mejilla, y aunque estaba silenciosa, sentí sus lágrimas caer. Recosté mi cabeza hacia atrás para mirar el techo y estiré el brazo para rodear su hombro. Ella se acurrucó en mi pecho y siguió llorando. Me sentía tan torpe que apenas atiné a apretar su hombro para tratar de consolarla, pero entonces su llanto aumentó de intensidad. Así que opté por quedarme inmóvil, casi sin respirar, perplejo por tan extraña manera de sentirme inaugurado como paño de lágrimas, ocasionalmente preocupado porque de hecho los demás habían visto la escena, pero se hacían los disimulados, y qué dirían los amigas de Claudia, qué basura ese tipo, cómo la hace llorar, mientras mis patas seguro se reían de todo ese asunto. Igual me quedé así, inmóvil, mirando ese “techo desconocido” (sí, a lo Shinji Ikari), dejando pasar los instantes, y cerré los ojos para mantener la más absoluta calma. De alguna manera, sentía que eso era lo mejor para ella en ese momento, aunque me preocupaba dormirme de verdad y que ella se diera cuenta (sin duda, lo tomaría como una falta de respeto o una burla, qué sé yo). No sé cuántos minutos pasaron, pero de hecho me habría dormido si pasaban más. Cuando mi cabeza empezaba a confundirse más y más con pensamientos y recuerdos y reproches, Clara, a todas luces más tranquila, me rescató de todo eso con su voz.

- Hitori…

- ¿Mmm?

- ¿Te dormiste?

- No, pensaba.

- ¿En mí?

- Sí, también.

- Perdóname la escena, creo que…

- No, no te disculpes.

- Pero… tu camisa… yo…

- Si puede aguantar mi sudor, con más razón tus lágrimas. En un instante se seca, además. No te preocupes por minucias.

- Gracias. Es que…

- Tampoco agradezcas. Necesitabas un desahogo, al parecer.

- De todos modos… Gracias.

Apreté su hombro un par de segundos como única respuesta, aunque la verdad era que tantos minutos en esa postura empezaban a hacer estragos en mi espalda. El dolor era soportable aún, pero empezaba a preguntarme cuánto tiempo más necesitaría Clara antes de acomodarse o moverse un poco. Tanto no sabía qué hacer, que suponía que quedarme así era lo mejor, pasara lo que pasara. Temía que si me movía un poco, ella lo interpretaría como que estaba aburrido o que ella me incomodaba. Y no era verdad, juro que en ese momento sólo me molestaba lo de mi espalda. A los pocos instantes, Clara se acomodó un poco para conversar, y aproveché para hacer lo mismo.

- Hitori…

- ¿Sí?

- ¿Eres o te haces?

- ¿Disculpa…?

- No, perdona, qué ruda soy de pronto… Es que…

- Dime.

- Vamos, ya sabes qué…

- No. Dime, con confianza.

- Sabes que en esta situación…

- ¿Sí?

- Es que… cualquier chico “sacaría ventaja”… ¿entiendes?

- No soy cualquier chico. Además, no creo que seas un títere. Eres inteligente, puedes pensar y decidir por ti misma, ya estás grandecita para dejarte engatusar por cualq…

- ¡Mejor dime que soy fea, imbécil!

Clara estaba realmente molesta. No me miró, no me golpeó, pero se incorporó violentamente. No sé qué habrá pasado por mi cerebro en ese momento, pero con las justas logré sujetarla fuertemente de la única mano que quedaba a mi alcance. Eso la hizo voltear y casi se cae, pero mantuvo el equilibrio. Forcejeó mientras, inclinada hacia adelante frente a mí, me gritaba sordamente que la soltara. La miré fijamente a los ojos mientras le dije, con energía, pero con serenidad:

- Nunca te diría eso. Fundamentalmente, porque no soy un mentiroso.

Clara dejó de forcejear. Parecía confundida, y no era para menos. Había pasado por un mal momento, y reconozco que mis forzadamente galantes excusas de instantes antes eran para agarrarme a patadas, pero qué voy a hacer. Yo también dejé de sujetarla con fuerza, y seguí tomando su mano, pero ahora suavemente.

- Está bien, no eres una modelo de publicidad, pero poquísimas mujeres lo son. Realmente eres atractiva, Clara. Pero sobre todo, ha sido muy agradable pasarla contigo. Y tienes razón, hace unos momentos pensé que debía alzarte en mis brazos y llevarte a la cama. Que eso era lo que le faltaba a tu desahogo para ser completo, que a mí también me venía bien hacerlo con una chica como tú, que no sólo me estaba dejando llevar por ese fenomenal escote que tienes y que, dicho sea de paso, me está haciendo babear desde este ángulo.

- Miserable…

Y riéndose nuevamente, Clara se arrodilló y se acomodó de nuevo a mi lado.

- No sé si llorar, reír o pegarte, la verdad no lo sé.

- Si vas a llorar, mejor ponte del otro lado, que aún está seco.

Clara rió nuevamente y me prometió que no lloraría de nuevo.

- No lo entiendas de ese modo, sólo fue una broma.

- Ya sé, tonto, no estoy molesta.

- Pero eso fue lo que te salvó.

- ¿Me salvó? ¿Qué cosa?

- Tu llanto, hace un momento.

- ¿De qué?

- Te debe parecer una tontería, pero eres la primera mujer en toda mi vida que se recuesta en mi hombro para llorar. Con las otras cuatro chicas tuve momentos que se podrían llamar “normales” para cualquier pareja de enamorados, pero ninguna de ellas, nunca, se apoyó en mí para llorar por cualquier experiencia dolorosa. Me sentía torpe, no sabía qué hacer, me empezaba a doler la espalda y sabía que todo eso iba a pasar rápido. Pero, créeme, no quería que terminara. Era tan nueva esa sensación que me sentía incapaz de hacer algo para interrumpirla. Y aunque no te vuelva a ver, aunque ninguna otra mujer llore sobre mi hombro, gracias por enseñarme que valdría la pena cargar siempre con un pañuelo.

Clara sonrió levemente, casi con melancolía. La notaba más confundida, como si no pudiera describir lo que pensaba o no pudiera encontrar las palabras para empezar a hablar. Esa extraña mirada duró apenas un par de segundos, pero me pareció que habían sido muchos más. De pronto, su expresión cambió y, con una sonrisa que ahora parecía de resignación, me preguntó:

- ¿Me quieres decir… que preferiste… eso… a… aprovecharte?

- No es que lo haya preferido. Ya te lo dije, eres bonita, agradable, deseable. Pero lo que me diste hace unos momentos realmente me cruzó los chicotes, y nunca lo olvidaré. Es cierto que si te hubiera llevado a la cama también habrías sido inolvidable. Pero fíjate que sin necesidad de eso, lograste que me sienta seguro de recordar esta noche para siempre.

- Todavía no proceso bien eso… Digo… ahora que me siento más tranquila, te lo digo con sinceridad. Creo que con algunas de tus palabras me he sentido halagada, pero no sé qué habría sido mejor, de verdad no lo sé.

- Yo tampoco puedo decírtelo, pero lo hecho, hecho está. Debo parecerte loco de remate, pero no me arrepiento de lo de hace unos minutos, por eso te dije que no lo olvidaría.

- Yo tampoco me arrepiento. Y no creo que estés mal de la cabeza, sólo eres un poquito raro.

- Pero qué extremista, caramba. Si me aprovechaba de ti era un cualquiera, pero como no lo hice, soy un gay.

- ¡Oye, yo no he dicho eso!

- Me dijiste “raro”.

- ¡Pero no en ese sentido, pues!

- Ay, qué suerte, creí que me habías descubierto, tesoro.

- ¡Qué pesado! Eso de no saber cuándo hablas en serio y cuándo no, debe haber vuelto locas a tus enamoradas. Seguro que ellas fueron las que rompieron contigo, y no al revés.

- Auch, sácame el puñal de la espalda.

- Ay, perdona… Se me salió lo rudo otra vez.

- No te preocupes, no me afecta. Además, es bueno que seas sincera y espontánea. De paso, ¿no te ha dado hambre?

- Ahora que lo mencionas, sí.

- Bueno, vamos a buscarnos algo por ahí.

Así que nos levantamos y fuimos a la cocina. En la mesa estaban Rodrigo y Jimena, y Tato estaba sacando algo de la refri. Nos sumamos al piqueo mientras los demás seguían bailando o tomando en el patio. La conversa fue de cosas más ligeras, como cualquier conversación de grupo, así que en ese plan nos la pasamos hasta el amanecer. Clara y sus amigos se despidieron, y quedamos en vernos en cualquier otro momento. Pero yo sabía que si había tenido alguna oportunidad con ella, ya había pasado, y no iba a presentarse nuevamente. De hecho, ella se regresaba antes que nosotros, y por estar en lugares diferentes al final no pudimos despedirnos. Como no me gusta quedar en evidencia, ni siquiera frente a mis amigos, no he hecho desde entonces ningún esfuerzo para tratar de contactar a Clara. Si las cosas van a pasar, que pasen. Pero yo no las voy a precipitar.

April 1st, 2009 by Hitori Kokoro | 44 comentarios »

Sur chico, gran fin de año (2)

En el mensaje anterior, narré el primer encuentro y desencuentro con Clara, que fue un sábado. Al día siguiente, decidimos hacernos un seviche con el pescado y los limones que habíamos traído de Lima. Por desgracia, le habíamos encargado la logística a Pepo, quien no había tenido mejor idea que meter el pescado a la refri y los limones al congelador (obviamente, debía haber sido exactamente al revés). Así que como no se veían buenas posibilidades de preparar algo decente con eso, nos fuimos a buscar algo por los alrededores. El resto del día la pasamos entre la jato de Tato y la playa, caminando por la zona y buscando algo que picar por ahí. En la playa, yo a las justas me daba uno que otro chapuzón, y aprovechaba la sombrilla para leer un poco. Los demás se disgregaban buscando chicas o a algún amigo a quien invitarle unas cervezas. Uno por uno fuimos regresando a la casa a medida que oscurecía. Luego nos juntamos para tomar y conversar. Renzo tenía algunos proyectos en mente que quería compartir, así que aprovechamos para ver si de eso nos podía salir algún cachuelo. Nos quedamos hablando hasta bien tarde (como era de esperarse, mucho más de cuestiones banales que de asuntos serios).

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February 11th, 2009 by Hitori Kokoro | 16 comentarios »

Sur chico, gran fin de año (1)

Puedo escribir los versos más tristes esta noche… No, no… eso ya lo escribieron antes. Además, no sé casi nada de poesía, así que no voy a escribir versos, y ni siquiera sé si las líneas siguientes le parecerán tristes a alguien (lo más probable es que parezcan patéticas, pero al final es cuestión de gustos). Para terminar, tampoco es de noche. Entonces, creo que mejor será cambiar de introducción.

Ya deben haber notado que estuve muy alejado de la Internet por un tiempo, hacia finales de año (antes que nada, agradezco la ayuda de los administradores durante este tiempo y les pido disculpas por el abandono de mi pequeña tribuna del corazón). El hecho es que decidí aceptar la invitación de unos amigos para ir a la casa de playa de uno de ellos a pasar la temporada de fiestas y algunos días más, lo cual se extendió hasta llegar a casi tres semanas de aislamiento total de la gran ciudad. Bueno, en el caso de mis amigos, tienen la plata suficiente para darse esas vacaciones ocasionales. En mi caso, suelo estar “misio” la mayor parte del tiempo, así que me daba igual estar misio aquí o allá. Contra lo que esperaba, ocurrieron algunos hechos dignos de ser relatados en este sufrido diario, y ahora que he decidido escribirlos, me parecen parte de una comedia surrealista o algo así como “el especial del humor” en la vida afectiva de un otaku subdesarrollado.

Sea como sea, he tratado de reproducir lo más fielmente posible los diálogos y las situaciones, aunque quizás haya alguno que otro detalle que se me haya pasado, pues hace varios días que ocurrieron. Advierto que los nombres están cambiados para evitar dar pistas de los protagonistas reales. No es que crea que ellos van a leer este espacio, pero me parece mejor proceder así.

Nos fuimos de Lima el 25 de diciembre por la mañana con rumbo al sur chico, sin un plazo fijo para volver. Éramos un total de seis (amigos de la universidad), así que en dos carros bastó para acomodar nuestras cosas e iniciar nuestra caravana para celebrar el nuevo año. Desde hace mucho que esa clase de celebraciones no tiene mucho sentido para mí, pero se trataba de buenos amigos de mi época de estudiante (a dos de ellos no los veía hacía varios meses), y a los buenos amigos se les perdona todo, incluso el que te quieran hacer cambiar.

Ya era avanzada la tarde cuando llegamos a instalarnos, y luego de dejar nuestras cosas salimos a dar una vuelta antes de que oscureciera. Digamos que tampoco había mucho que mirar, pero un cambio de aires nunca viene mal, así que nos fuimos a sentar en la placita de armas y pasamos la nochecita al aire libre, comiendo anticuchos y picarones, y conversando entre chela y chela. Ya tarde, nos fuimos a la jato a descansar. Aunque había televisores instalados en cada cuarto (nos acomodamos dos por habitación), casi nadie la prendió. Sólo el dueño de casa prendió la suya porque quería ver un poco de noticias, pero la apagó al poco rato. En líneas generales, todos queríamos escapar de la rutina en la gran ciudad y preferimos no tener mayor contacto con lo que pasaba, más allá de chequear las primeras planas de los diarios en los quioscos del lugar.

Al día siguiente, viernes, nos levantamos tarde a desayunar. Renzo había sido el único precavido en llevar despertador, pero al parecer alguien lo saboteó, o se quedaron tan troncos que ni lo escucharon, o lo escucharon y lo apagaron antes de terminar de despertarse. Queríamos levantarnos temprano para probar suerte con la pesca en el muelle. Aunque el plan era ir a las cinco o seis de la mañana, nuestro amigo Pepo dijo “qué chucha, qué son tres o cuatro horas para unos peces de mierda que no tienen reloj”. Así que luego de celebrarle la ocurrencia, desayunamos y fuimos un rato a la playa.

Todavía no había mucha gente en el muelle, así que fuimos donde la tía que vende los sedales y luego a buscar un poco de carnada. Para algunos era una experiencia nueva, y pagamos derecho de piso: yo tuve que comprar otro sedal porque el primero lo tiré mal y se enredó en los cimientos del muelle. Jorge pescó varias veces, pero sólo conchitas y tonterías así, igual que yo. Pepo, que se las daba de no ser novato, sacó sólo un pedazo de ala de una gaviota muerta, y luego un cangrejo mediano que se agarró del anzuelo con la pinza, pero dijo que le daba pena y que no comía cangrejos, así que lo tiró al agua. Tato, el dueño de casa, sólo fue a mirar y a estar con la mancha, pero entre los otros dos, Renzo y Eduardo, sacaron algunos pescaditos, como para un plato pequeño de seviche. Estuvimos unas tres horas allí, y aprendí que la pesca como deporte exige mucha paciencia (supongo que sería una terapia muy relajante). De todos modos, ya estábamos preparados para ir a almorzar a uno de los restaurantes de la zona.

Mientras buscábamos restaurante, Tato habló por celular con un conocido suyo, que acababa de llegar con un grupo de amigos y amigas a los bungalows que estaban al otro lado del lugar, no lejos de su casa. A los pocos minutos, llegó el otro grupo, nos presentamos, y entramos a un restaurante del malecón, donde juntamos tres mesas porque ya éramos once. Tato invitó al grupo de su amigo para el día siguiente, sábado, pues íbamos a hacer parrillada.

El sábado, compramos algunas cosas para dejar todo listo para la parrillada de la noche. Desde Lima ya habíamos llevado los utensilios, además de equipo de sonido y música. Los amigos de Tato llegaron primero, y nos pusimos a cocinar la parrilla por turnos. Cuando me había sentado en un sofá con un par de palitos de anticuchos, llegaron las chicas. Una de ellas me buscó conversación.

- Hola… ¡Ay, disculpa, olvidé tu nombre!

- Hitori. No te preocupes, yo tampoco recuerdo bien los nombres… ¿Carmen? ¿Clara? ¿Claudia?

- Clara. Claudia era la amiga que estaba a mi lado.

- ¿Has venido con ella?

- Sí, vinimos las cuatro juntas.

- ¿Cuatro? ¿No eran tres?

- Ah, es que Jimena, la enamorada de mi hermano Rodrigo, llegó hoy por la mañana.

- ¿Así que van a despedir el año hasta las últimas consecuencias?

- ¡Sí! [...] ¿Por qué esa cara?

- Nada, sólo fantaseaba un poco con esas consecuencias.

- Ja, ja… Al menos tú lo dices directamente.

- ¿Y eso por qué?

- Porque eso es en lo que todos los hombres piensan, pues.

- Bueno, pero si las mujeres tienen eso en cuenta, es porque es también en lo que todas ellas piensan, ¿cierto?

- Ah, qué vivo. Puede que sea así, pero nos ocurre más en respuesta a los hombres.

- Sea como sea, mientras tengas eso en claro y no hagas lo que realmente no quieras hacer, no tienes por qué hacer bilis.

- Pero yo no hago bilis por eso.

- Bien por ti. Pero me pareció detectar algo de resentimiento en eso. ¿Alguna decepción anterior?

- No precisamente. Oye…

- ¿Sí?

- Tú no has tenido muchas chicas, ¿no?

- No. Muy pocas, a decir verdad. ¿Por qué lo dices?

- ¡Porque eres raro, pues!

- ¿Tan raro te parezco?

- No tanto, pero te noto diferente. Ayer en el restaurante eras el más callado, aunque se te veía animado las pocas veces que conversabas.

- Es que no me gusta hablar mucho cuando como. Me lleno de aire.

- Ja, ja… Pero ya ves, el que un joven de tu edad no haya tenido muchas chicas es algo raro.

- Yo te diría que no es tan raro. En el mundo se ve de todo.

- Parece no importarte mucho, ¿no?

- ¿El mundo?

- No, el no tener muchas relaciones.

- Claro que no. Yo tomo las cosas como vengan. Pero entre una relación y otra siempre me he tomado un buen tiempo.

- ¿Por qué?

- Porque al margen de los buenos recuerdos, quisiera que mi siguiente pareja fuera diferente de la anterior, para no repetir los mismos errores. No quisiera empecinarme con un solo tipo de chica, aunque haya características que me gusten.

- Oye, qué exigente. Así me sorprende que hayas tenido enamorada.

- No creas, para cada roto hay un descosido, como dicen.

- ¿Pero fuiste feliz con ellas?

- Claro que sí. No todo el tiempo, pero prefiero pensar que los buenos momentos fueron por nuestras voluntades, y los malos por las circunstancias que nos alejaron.

- ¿Cuántas? ¿Una, dos?

- Cuatro.

- Guau, superaste mis expectativas.

- Tampoco es mucho para 26 años.

- ¿26? Vaya, te creía menor, digamos 20 o 22. Tienes cara de bebe, ah.

- Je, je… Ya me han dicho eso. ¿Y tú? ¿19? ¿20? ¿21?

- 21. Tienes buen ojo.

- Cuando hay buen material que mirar, sí.

- Ja, ja… Qué fregado. Pero me gustó el piropo.

- Como no los recibo, sólo me queda darlos. ¿Y tú? ¿A cuántos has dejado con el corazón roto?

- Ja, ja… Creo que a ninguno, no sé. Creo que la única herida he sido yo… No quiero hablar de eso, disculpa.

- No, disculpa tú. Debí darme cuenta antes, cuando me cambiaste de tema.

- Normal, no te preocupes.

- Bueno, entonces habla de lo que quieras, que yo te escucho mientras como mi anticucho.

- Me haces reír mucho. Pero ya me diste hambre. Voy a buscar algo por ahí. ¿Te traigo una bebida?

- Claro, gracias.

- Vuelvo en un momento.

Terminé de comer unos instantes después, y entonces se apareció Renzo, que quería que lo acompañara un rato a una cabina. Me olvidé de Clara en ese momento, y como Renzo dijo que sería “al toque”, salí con él. Pero entre una cosa y otra, nos demoramos como una hora y media. Cuando regresamos, Clara ya no estaba. Al parecer, a Jimena le había caído mal el almuerzo, y con la cerveza fría se puso peor, así que Rodrigo y Clara se fueron a llevarla a descansar al bungalow. Pero no fue la última vez que vi a Clara.

January 19th, 2009 by Hitori Kokoro | 14 comentarios »

Humildemente, Hitori Kokoro se presenta

Hola, este es mi primer mensaje. Quisiera firmar con mi nombre real, pero soy una persona muy tímida, y creo que no sabría manejar las consecuencias de exponerme a través de este medio ante tanta gente a la que nunca aspiraría a conocer en persona. Sin embargo, poder escribir mis cosas a través del teclado me sirve como una manera de exorcisarme. No es que me sienta diabólico o maligno, es sólo que tengo tantas cosas dentro que muchas veces no sé cómo expresarlas, y mi timidez me impide encontrar amigos o amigas de confianza para conversarles sobre esos temas. Entonces empecé a escribir por mi cuenta, sin publicar ni nada, y por coincidencias de la vida que ya ni sé si han sido para bien o para mal, me contactaron con los administradores de este nuevo espacio de blogs. Sé que ellos ni siquiera sospechan lo difícil que fue para la amiga que sirvió de nexo con mi persona el convencerme de empezar a publicar mi pequeño diario de frustraciones y sueños sentimentales. Pero les estoy agradecido, y más por la manera como han editado y corregido mis escritos, pues luego de revisarlos debo decir que han quedado muy bien y diría que hasta yo mismo me entiendo un poco mejor. Bueno, no quisiera aburrirlos más con esta presentación, pero lo último que he comentado servirá para que entiendan que quizás me demore un poco en escribir, porque mis textos deben ir de un sitio a otro a través de una tercera persona. Claro que todos me ayudarán con sus comentarios, y quién sabe si de tanto escribir durante un tiempo mi vida pueda dar un vuelco, el vuelco de realidad que espero me abrace sin crueldad.

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October 29th, 2008 by Hitori Kokoro | 247 comentarios »