La historia de Sadako Sasaki y sus 1000 Grullas de origami

Los japoneses, una cultura sistémica, organizada y muy pero muy obsesiva tienen cierta devoción por los números. Por ejemplo el 100… mucho se habla en su literatura de colecciones de poemas que tienen exactamente 100 poemas, o 100 estrofas. Y en sus cuentos tradicionales podemos encontrar a muchos personajes que deben cumplir 100 favores, o juntar 100 monedas, apagar 100 velas o vérselas con 100 espíritus malignos. Pero hoy día no vamos a hablar de algo con 100 sino algo más grande: vamos a hablar de una pequeña niña, una gran tragedia y 1000 grullas de origami. Si, 1000 grullas para representar el ferviente deseo de vivir y la fe, la simple fe y la creencia, la esperanza, de que al final todo va a salir bien. Pues bueno, nuestra niña se llama Sadako y nació el 7 de enero de 1943 en Hiroshima. Y a la corta edad de dos años quedó expuesta, como todos en su ciudad a los efectos de uno de los peores crímenes que la humanidad ha cometido contra si misma. El bombardeo de una ciudad repleta de civiles, con experimentales y primerizas bombas nucleares, por parte de gente que no sabían realmente lo que hacian. Para Sadako la cosa no fue fácil, su casa estaba apenas a dos kilómetros de donde cayó la bomba en su ciudad un 6 de agosto de 1945. Pese a ello Sadako y su madre consiguieron sobrevivir sin mayores lesiones pero mientras huían quedaron metidas en un evento posterior inmediato a la explosión que hoy se conoce como “lluvia negra”, que no es otra cosa que una lluvia tóxica y altamente radiactiva, de parte de los deshechos de la explosión. Hasta ahí nuestra historia sería una más de las muchas que sabemos se forjaron ese día y que el anime y el manga ha sabido retratar en cruentas narrativas como Hadashi No Gen, pero para Sadako el tiempo y el destino tenía sus propios planes.

Sadako creció, a pesar del trauma que apenas recuerda por lo joven que era, y consigue ser un miembro valioso de su comunidad e incluso formaba parte del equipo de carrera de relevos de su colegio. Nada parecía estar particularmente mal y el día del bombardeo era solo el recuerdo de un día horrible y lejano en la memoria colectiva de su ciudad. Trabajadores y diligentes, los ciudadanos de Hiroshima se han encargado de reconstruir su ciudad del todo y tras diez años, casi no quedan cicatrices del bombardeo en ella. Pero para 1954, en que por entonces tenía a Sadako con activos once años, la pequeña cae enferma con una serie de síntomas extraños y muy virulentos. Para su cumpleaños en 1955 el diagnóstico a todas sus dolencias es contundente y fatal: Sadako tiene un caso agudo de Leucemia (cáncer a la sangre) que atacaba sus glándulas linfáticas. La expectativa de conseguir salvarse es baja y los médicos le dan un año de vida como máximo a la niña; su madre llama a esta enfermedad “una enfermedad de la bomba atómica” ya que por ese entonces los servicios de salud de Japón habían empezado a reportar una creciente incidencia de casos de cáncer en las ciudades afectadas, con una fuerte presencia de leucemia como principal mal. Aunque no se podía establecer una clara relación entre los eventos fatídicos de ese día y las consecuencias diez años después, la verdad evidente era que los niños de Hiroshima empezaban a tener leucemia de una manera alarmante. Sadako es hospitalizada y lo más probable va a ser que ya no vuelva a salir con vida de las instalaciones del hospital. Pero la niña, corajuda y todo lo japonesa que se le pueda pedir, tiene sus propias ideas al respecto de esto de estar enferma y morirse, y traza su propio plan de acción para enfrentarse a la enfermedad a su manera.

En agosto de 1955, comenzando su tratamiento el cual estaba más orientado a prolongarle la vida a que encontrar la manera de curarla (es 1955, recuerden… e incluso es relativamente poco lo que hemos aprendido del cáncer en general desde ese entonces), Sadako empieza a compartir su cuarto con una niña como ella: dos años mayor, también es sobreviviente, también es de secundaria, también tiene cáncer. Y fue esta niña quien le contó a Sadako de una antigua leyenda japonesa que decía que quien consiguiera hacer 1000 grullas de origami tendría derecho a pedirle un deseo a los dioses. Si, 1000 grullas de origami. De esas que vemos muchas veces en el anime o el manga… y que ahora comprenderán mejor que hacen ahí o por qué. Sadako emprende la tarea de hacer las grullas pero lamentablemente muere por su enfermedad ese mismo año, un 25 de octubre de 1955… y las leyendas urbanas afirman que consiguió hacer 644 grullas antes de morir y que sus compañeras de salón hicieron las faltantes, y todas las enterraron en su ataud. Sin embargo, en unas declaraciones hechas por su padre, él afirma que Sadako sobrepasó las 1400 grullas antes de morir y que ellos guardaron esas grullas en su casa. De hecho llega a mostrar dichas grullas en una entrevista que le hicieron para televisión y que más bien sus compañeras de salón hicieron sus propias 1000 grullas adicionales, las cuales si fueron enterradas con Sadako. Se han escrito libros y hablado mucho de la historia de Sadako Sasaki, su enfermedad, las consecuencias de verse afectado por la radiación y si se hicieron o no las 1000 grullas. En la exposición que se hace en el Museo Memorial de la Paz en Hiroshima se declaró oficialmente que Sadako consiguió su objetivo y continuó haciendo grullas tras ello. SE cuenta también que la niña tenía mucho tiempo libre para hacer sus grullas pero siempre se le acababa el papel y que caminaba por los cuartos recolectando el que pudiera de otros enfermos, incluso recetas médicas, publicidad, etiquetas de medicinas o a la simple espera de sus compañeras de salón que siempre traían papel con ellas para proveer a su amiga y su tenaz deseo de alcanzar su meta y pedir su deseo.

Después de su muerte su cuerpo fue examinado por la Atomic Bomb Casualty Commission (Comisión de Bajas por la Bomba Atómica) que buscaba comprender los efectos de la radiación en las personas y ver que se podía hacer al respecto. También se supo que la comisión ya había realizado pruebas en Sadako cuando ella aun estaba viva. Las últimas palabras de la niña, en el último día de su vida fueron “Es delicioso”, tras dejarse convencer por sus padres para que probara algo de comer y ella pidiera un poco de te de arroz. Sadako murió con solo 12 años. Actualmente se puede visitar una estatua en su honor construida en 1958 en el Parque de la Paz de Hirsohima, que tiene en la base escrito: “Este es nuestro grito, esta es nuestra plegaria: paz en el mundo”. La historia fue tan impactante que trascendió los límites de Japón, convirtiéndose en un referente mundial de los movimientos pacifistas y siempre, pero siempre, sin importar la época del año, el clima o la hora del día, se pueden encontrar grullas de origami acompañando la estatua de Sadako… otra pequeña víctima inocente de grandes y mesquinos odios.

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