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¡Symbolom perdidum est! (¿y ahora dónde lo dejé?)
Es un placer culposo leer a Dan Brown. Sus libros son simples (pero pretenden ser “complejos”), entretenidos, tremendamente adictivos y absolutamente inocuos. Y están llenos de datos “cool” a medio camino entre la realidad y “vaya a saber que hierba se fumó”. Y sobretodo es un maestro en aplicar la fórmula que le da tanto éxito a sus obras (y lo llena de dinero): hacerte creer que eres más inteligente de lo que crees. Porque eso es lo que hacen sus libros, revelarte misterios, códigos, acertijos de tal manera que tu puedas anticiparte a la lectura y acertar con las respuestas. No estamos hablando de que la historia sea predecible (en este en particular El Símbolo Perdido me sorprendió con un par de giros muy buenos) sino de que los puzzles no son tan crípticos como te pretende hacer creer la trama y en la mayoria de los casos te puedes hacer una idea bastante clara de como se resolverá el tema, si es que de plano no lo puedes resolver. De esta manera el lector siente acariciada su inteligencia y su ego, y lee contento sintiendo que por lo menos sabe tanto de simbología como Robert Langdon (egresado de Harvard), que incluso se da cabezasos sobre algunas cosas que se ven obvias a simple vista. Un interesante truco para cautivar al lector, debo decir, y que de pasadita evita que las explicaciones sean demasiado largas y engorrosas; vivimos en un mundo que quiere las cosas “mascadas” y si ya es una jarana que la gente agarre un libro y lea, menudo esfuerzo en vano va a ser que la gente lea cosas difíciles. Agradescamos a Brown, Meyer y Rowling por escribir libros que se venden mucho y que llevan a la gente a leer, porque si bien podemos discutir mucho acerca del valor literario de estas obras, lo que es indiscutible es que la gente lee y eso necesariamente es bueno, si desde Harry Potter, Crepúsculo o las novelas de Dan Brown alguien se anima a pasar a cosas un poco más “pesadas” o de plano consideradas “literatura seria” es un plus que se agredece siempre. Aunque sea una persona de 20,000. Ahora bien, y entrando en materia, las novelas de Brown son cinco (La fortaleza digital, La conspiración, Ángeles y demonios, El código Da Vinci y El símbolo perdido) de las cuales “el código” es la más conocida porque la iglesia se sintió ofendida (especialmente la poderosa organización eclesiástica Opus Dei) con las cosas que Brown supuestamente “reveló” en sus libros y que como ya dije hay que tomar con pinzas porque no todo lo que se afirma en sus libros es “real”, pero puede parecerlo. Puestas así las cosas la iglesia lo atacó, e incluso se sacaron libros escritos por religiosos para desmentir punto a punto las cosas que habia explicado Langdon en la novela y en especial se armó un revuelo en lo relacionado a la descendencia de Jesús. Pero eso fue entonces y El Símbolo Perdido es ahora y el tema que ha escogido Langdon para develar secretos es el de la masoneria, quizá la secta secretista menos secreta y más conocida de todas (y puede que la más longeva). De hecho, Brown la define bien: no es una organización secreta, sino una organización con secretos. Brown parece sentir mucho apreció por la logia masónica, y les confiere todas las virtudes del mundo y la misión de ocultar a través de los siglos, un conocimiento perdido que podría hacer renacer a la humanidad si es revelado en el momento adecuado.
El profesor Robert Langdon (conocido experto en simbología) es invitado a Washington por su amigo Peter Solomon, encargado del Museo Smithsonian y prominente masón, a dar una conferencia en el capitolio. Sin embargo Langdon descubre que ha sido engañado y quien lo engañó desea que revele para él el secreto mejor guardado por la logia masónica, del cual Langdon cree que es solo un mito: la pirámide masónica (representada en el billete de un dólar) indicará a aquellos que sean dignos y cultos, donde se encuentra la entrada a una cámara en donde los masones han estado guardando por generaciones los misterios últimos, el conocimiento secreto más poderoso de la humanidad y que fue desterrado de la mente de la gente común quien en su momento lo usó de maneras incorrectas. Un conocimiento que le podría permitir a un ser humano obtener orden del caos, influir en la materia usando su mente. Mientras tanto Katherine Solomon, hermana Peter, avanza sus investigaciones en ciencia noética, una rama experimental de la ciencia que busca reestablecer los vínculos reales perdidos entre la ciencia y el conocimiento místico y responder preguntas como ¿existe el alma humana? con experimentos como intentar pesarla (lo cual, por cierto, consiguen en el libro con el más radical y simple de los conceptos). Langdon tiene pocas horas para encontrar el camino que lo lleve a la pirámide y luego leer las múltiples capas de secretos que la convierten en un mapa, si es que quiere volver a Peter, y la primera clave se la da la mano cercenada de su amigo, la cual encuentra en una sala del capitolio, y que le indica que “como es arriba, es abajo”.
































































