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Los “empujadores”: viajar como sardina al estilo japonés
Hoy, después de mucho tiempo, cometí la temeridad de subirme a una combi. Y aunque yo recordaba que era una experiencia traumática, resultó que lo que yo recordaba era solo un pálido recuerdo: es una experiencie espantosa. El apretujamiento y la lentitud con la que el auto avanza. La descortesía y pésimo uso del lenguaje de ese ser mitológico llamado cobrador de combi. La música estridente y de muy mal gusto temático. Y la clarividencia que por ahorrarme un par de soles iba a llegar tarde al trabajo. Así que mientras iba avanzando (de alguna manera hay que llamar a la lentitud de este cacharro) me acordé que en el rubro de ir apretado la combi parecía ir casi vacía si la comparamos con el metro de Tokyo (si, las cosas que uno hace para consolarse). Se calcula que al año el extremadamente complejo de trenes de Japón transporta no menos de 2700 millones de personas, y como en todas partes del mundo las horas pico (osea ir al trabajo temprano en la mañana y regresar a la casa comenzando la noche) son los momentos en que más gente pasa por el sistema de trenes japonés. En Japón, el precio elevado de vivir en las ciudades ha obligado a muchas personas a salir a los suburbios para poder instalarse y debido a ello tener que tromar un tren por un trecho relativamente largo, y esto ha desencadenado que el sistema se congestione cada vez más. Estaciones como las de la línea Keio, Ueno, Okachimachi, Shinjuku o Marunouchi entre las ocho y las nueve de la mañana presentan un espectáculo que realmente es sorprendente y nos llevaría a pensar que nuestros sistemas de transporte no son tan congestionado como nos parecen, pues hasta donde yo se solo en Japón podemos encontrar a un tipo de funcionario muy especial, llamado “empujador”. Conocidos también como “eki-san” (señores de la estación) los empujadores se caracterizan por sus guantes blancos y por su peculiar labor que su nombre describe con claridad: se encargan de empujar, embutir, apretar y estrujar a las personas para poder cerrar las puertas y que el tren pueda continuar su viaje. Y lo hacen sin ningún pudor o “consideración”. ¡Y entre varios, sin importar si eres mujer u hombre! Como verán, decir que van apretados se queda corto, muy corto.

































































